Biblioteca

Módulo 3: Diversidad e Inclusión. 

Ponencia de la autoría del Prof. Alfredo A. Gugliano. Invitado especial del Taller Virtual "Cátedra de Ciudadanía Mariano Moreno, UBA".
 
El Presupuesto Participativo y la transformación de la Teoría Democrática
Alfredo Alejandro Gugliano*
Las democracias participativas pueden ser definidas como un modelo de organización política en el cual, además de elecciones periódicas, existen instancias de participación directa de los ciudadanos o representantes de las organizaciones de la sociedad civil en la gestión del Estado. En el actual momento existen diferentes tipos de instancias de intermediación entre los gobiernos y la sociedad civil que generalmente son consideradas espacios de democracia participativa, como los presupuestos participativos, asambleas barriales, mesas de concertación, consejos populares, entre otros. La principal característica de estos organismos, además de espacios de inclusión de los ciudadanos en el debate público, es su vocación deliberativa y no simplemente consultiva.
El surgimiento efectivo de esta propuesta habitualmente es asociado al desarrollo del presupuesto participativo de Porto Alegre, ciudad con poco más de un millón trescientos mil habitantes situada en el extremo sur de Brasil. Fue en el año 1989, cuando se realizaron las primeras asambleas del presupuesto participativo en la ciudad.
Antes de esa experiencia, una propuesta semejante ha sido empleada en la ciudad de Pelotas, en Rio Grande do Sul, cuando en 1983 el alcalde del PMDB (Bernardo de Sousa) intentó desarrollar un conjunto de reuniones que buscaron incluir los ciudadanos en las discusiones del presupuesto municipal. Entretanto, la propuesta presentó muchos problemas, entre los cuales quizás el más serio tenga sido que las asambleas de los ciudadanos eran consultivas y las deliberaciones populares no eran respetadas: el alcalde participaba, escuchaba a los ciudadanos y después hacía lo que mejor le parecía.
El éxito porto-alegrense residió en gran medida en la solución de los errores de las experiencias pasadas, considerando que en la capital gaucha los ciudadanos participaban, decidían y el gobierno se comprometía a ejecutar las deliberaciones aprobadas.  Porto Alegre dio un nuevo sentido a lo que se entendía por poder popular.
Por eso, mismo no siendo pionera, Porto Alegre fue sin sombra de dudas el marco cero desde el cual el tema de la participación ciudadana dejó de ser un simple elemento del discurso político y pasó a incorporarse a diferentes programas de gobierno y estrategias de administración estatal. Actualmente, hay un fuerte consenso sobre la necesidad de los gobiernos ajustaren formas de mayor participación política de las comunidades, lo que no oculta la existencia de un indudable disenso sobre los límites de estas propuestas, considerando que en algunos casos la participación tiene fuerte significado deliberativo, pero en otros no pasa de una consulta ocasional.
En este universo amplío de propuestas participativas, el presupuesto participativo fue quizás una de las formas mejor sucedidas de las alcaldías incorporaren a los ciudadanos en la discusión y deliberación sobre las inversiones en la ciudad a partir de la creación de una estructura centrada en asambleas populares en las cuales todo ciudadano debe tener garantidos el derecho de la voz y del voto.
Entre los motivos que podrían explicar tamaña importancia de la experiencia del presupuesto participativa me detendré en la idea de que Porto Alegre representó la última frontera a partir de la cual participación y representación superaron una relación de contraposición para construir un sistema de complementariedad.
Hasta muy avanzada la década de los ochenta, ni liberales, ni marxistas, habían demostrado mucha buena voluntad en rediscutir las barreras que, en el proceso de estructuración de las democracias occidentales, fueron erguidas para impedir contacto entre experiencias de ampliación de la participación popular y sistemas de representación político-estatales.
Desde el prisma liberal tradicional, no existen ni esfera ni debate públicos como espacios de deliberación política. A partir de esa perspectiva liberal, en la cual predominaron teorías democráticas minimalistas, la participación ciudadana sería realizada en su plenitud solamente en las elecciones, donde el voto quedaría como el instrumento adecuado de manifestación de los deseos de la sociedad. Fuera del período electoral las manifestaciones políticas podrían ser legítimas en su función de presionar los actos de gobierno, pero jamás ser incorporadas a la dinámica cotidiana de la gestión gubernamental. Esta última sería el terreno exclusivo de los políticos profesionales electos por los ciudadanos, los “representantes del pueblo”. Los ciudadanos, por supuesto, no son partícipes activos en este universo, simplemente son receptores de determinados derechos que a ellos son fornecidos a partir de su nacimiento en el interior del Estado-nación.
De parte del marxismo más tradicional, la democracia desde temprano fue sellada como un instrumento de la burguesía para la dominación de clase. Por este sendero, la lucha democrática fue restringida a una función instrumental, a su papel estratégico en el derrumbe del capitalismo y ascensión del socialismo. Siendo así, la relación con la democracia era casi restricta a la legalización de partidos políticos que, frente a victorias electorales, podrían ampliar las denuncias sobre el papel de clase tanto del Estado, cuanto del Parlamento burgués.
Este rechazo de la problemática de la participación de los ciudadanos en los gobiernos por parte de marxistas y liberales no significó una ausencia de los debates sobre el tema, si bien que tenga retardado históricamente la ampliación de los discusiones más efectivas sobre los límites de la democracia liberal y la posibilidad de su superación.
Esta realidad empezó a cambiar a partir del Mayo 68, cuando ocurrió una revalorización de los debates sobre la participación política, perspectiva alimentada tanto por la crítica a la burocratización de los Partidos Comunistas, como a la elitización de la democracia liberal. Auspiciados por las intensas movilizaciones de este período fueron publicados diversos libro que acabaron siendo considerados como fundadores de una nueva forma de ver a la democracia como, por ejemplo, “Participation and Democratic Theory”, de Carole Pateman (1970);  “The Life and Times of Liberal Democracy” (1977) o el más tardío, “Strong Democracy”, de Benjamin Barber (1984).
Si analizamos una parte considerable de la literatura académica de los años 60 y 70, centrada en la contestación de la teoría democrática tradicional y, principalmente, en la proposición de nuevas formas alternativas de democracia (democracia participativa; democracia deliberativa; democracia radical; democracia socialista; democracia fuerte; entre otras), es perceptible que estas son proposiciones que comulgan con la búsqueda de un proyecto político antisistémico, proyectando repensar las bases sobre las cuales fueron erguidas las sociedades occidentales.
Aun habiendo diferencias, es posible encontrar algunos puntos en común en los trabajos publicados en aquel período. Primeramente se destaca el potencial utópico de la democracia participativa que muchas veces parece estar invadiendo el lugar antes ocupado por un idealismo revolucionario perdido. Conjuntamente, es de subrayar que a pesar de las distancias del marxismo y liberalismo tradicionales, se mantiene la oposición entre participación y representación. Por último, no deja de ser llamativo que, no obstante todas las críticas y rupturas, para estos autores la clase obrera permaneció, también en la perspectiva democrático-participativa, como un elemento central en el proceso de transformación de la sociedad capitalista.
Una marca indeleble del momento histórico en el cual estas obras fueron escritas fue el acumulo de derrotas de muchas de las alternativas políticas defendidas en el Mayo de 68  y la ausencia de experiencias más consistentes de participación directa de los ciudadanos en la gestión del Estado, lo que no solamente representó un limitador para la expansión de las teorías sobre el tema, también fortaleció a sus críticos que acusaban la perspectiva participativa de irrealizable.
Esta fue una situación que cambió radicalmente después del éxito del presupuesto participativo, impactando incluso sobre la producción teórica sobre el tema. Como consecuencia ocurrió la redefinición de las principales percepciones sobre la relación entre participación y representación. Dejando al margen la idea de contraposición, autores pasaron a defender la posibilidad de complementariedad entre estos elementos que, históricamente, fueron colocados en fronteras opuestas.
Pero mucho antes de solucionarse esta contraposición en el plano teórico, fueron experiencias como las del presupuesto participativo las que demostraron que la participación popular, más de lo que un adversario de la democracia representativa, representaba la posibilidad de ampliar la legitimidad de los gobernantes electos en la medida que sus acciones políticas podrían recibir mayor apoyo popular.  Pero al mismo tiempo estas experiencias fueron centrales para probar que, mismo frente a los límites del sistema representativo, la ampliación de la participación ciudadana simbolizaba el desarrollo de un proceso de empoderamiento popular que, más de lo que representar acciones puntuales, potencializan la transformación de las estructuras del Estado así como amplían la praxis política para más allá de las demarcaciones de la política profesional.
Estos cambios de rumbo, tanto en los debates teóricos cuanto en el desarrollo de nuevas experiencias en el marco de las democracias occidentales fue un resultado directo del proceso de evaluación de las primeras experiencias de gestión estatal participativa, su efectividad en relación al perfeccionamiento del proceso de elaboración de políticas públicas más eficientes, así como la gran adhesión de ciudadanos que, cansados de dejar la política en manos profesionales, pasaron a tomar parte del proceso de organización de su propia sociedad. Una idea que tiene sus raíces a más de 2500 años atrás entre los ciudadanos atenienses que, de forma semejante a muchos ciudadanos del siglo XXI, interrumpieron sus actividades cotidianas para participar de los debates sobre los destinos de su pólis.


* Departamento Ciencia Política Universidad Federal de Río Grande Do Sul. Miembro Consejo Académico Internacional de la Revista Demos Participativa.